25 de marzo de 2011

EL ELOGIO DE LA SOMBRA - TANIZAKI

En estos días de atención hacia tierras japonesas, os recomiendo leer “El elogio de la sombra” de Tanizaki.
Este es un libro muy pequeño y precioso, publicado en 1933.
En él, el japonés Junichiro Tanizaki nos habla de la belleza y de las diferencias que existen entre Occidente y Oriente. En Occidente es muy importante la luz, en Oriente la sombra.
Comienza describiendo las dificultades que encuentra uno si quiere construirse una casa de estilo japonés. Si en ella queremos integrar las comodidades de la época, tales como, electricidad, gas, agua, la estética puede resentirse.
Los retretes de antaño eran semioscuros, muy limpios, silenciosos, de madera, pensados para la paz de espíritu, eran el colmo del refinamiento. Pero ahora se imponen las baldosas y cerámicas funcionales, inmaculadas, iluminadas, occidentales.
El autor se pregunta que habría ocurrido si Oriente y Occidente hubieran sido independientes en cuanto a los avances de la ciencia. Entonces las técnicas, industrias, productos, habrían sido diferentes, y en consecuencia la vestimenta, alimentación, forma de vivir, estaría más de acuerdo con el espíritu oriental.
Para ejemplificar esto compara la estilográfica y el pincel. Si el inventor de la estilográfica hubiera sido japonés, en vez de terminar en plumilla metálica, acabaría en pincel, y en vez de tinta azul, tendría tinta china, lo que supondría distinto papel, los caracteres latinos no habrían tenido tanta repercusión, lo que llevaría a mantener el propio pensamiento y literatura. Un solo cambio trae consigo múltiples consecuencias. Occidente ha seguido su vía natural, pero Oriente se ha salido de su camino tradicional para seguir esa cultura más avanzada.
A pesar de esto, siguen existiendo grandes diferencias en cuanto a la valoración de la belleza. A los orientales los objetos brillantes les producen malestar, en cambio los occidentales pulen hasta llegar al brillo. Los japoneses prefieren los reflejos profundos, velados, al brillo superficial y gélido. Los objetos afectados por el tiempo les tranquiliza los nervios.
Nos habla de la laca, muy usada en el pasado y ahora en desuso por considerarse poco elegante. El problema es que la laca debe ser apreciada en la oscuridad. Una laca decorada con oro molido no está hecha para ser vista en un lugar iluminado, sino para ir siendo adivinada en un lugar oscuro. En la oscuridad se bebe la sopa en el recipiente de laca, sin alcanzar a verlo, así se percibe mejor su sabor.
Los edificios japoneses tienen un gran tejado que produce una densa sombra. La belleza de una habitación japonesa se produce por el juego de las distintas opacidades de la sombra. La luz indirecta y difusa es el elemento esencial de la belleza de sus residencias. Los japoneses han sabido dilucidar los misterios de la sombra y utilizar con ingenio los juegos de sombra y luz.  En esa oscuridad se respira silencio y una profunda serenidad.
El shoji es un tabique móvil de papel blanco espeso que deja pasar la luz pero no las formas. La luz del sol destaca la blancura del papel. Los reflejos blanquecinos del papel rebotan sobre las tinieblas, desvelando un universo ambiguo donde sombra y luz se confunden. Los tabiques móviles y los biombos dorados producen unos reflejos que se difunden en la penumbra en forma de pálida luz dorada. Una belleza sobrecogedora. El oro era muy apreciado por los habitantes de las casas oscuras, pues ilumina indefinidamente la penumbra sin perder su brillo.
Seguidamente nos habla de la belleza del actor “no”, que no lleva maquillaje, así su traje tradicional de guerrero contrasta con su tez de japonés y sus manos desprenden una gran seducción. Sus labios atraen en el escenario más que los labios pintados de una mujer. Utilizando la armonía de los colores en los trajes se consigue un efecto más atractivo de la piel del actor. Pero para que todo esto ocurra es necesario que el escenario del “no” permanezca en su oscuridad original.
En el teatro de bunraku, las muñecas consisten en cabeza y manos. Se parece a la realidad de antes, porque a las mujeres solo se les veía el rostro, el resto permanecía en la oscuridad. Los trajes eran de colores apagados, convirtiéndose ellas en una parcela de la sombra. Incluso se ennegrecían los dientes. Las únicas partes visibles, la cabeza y el cuello, adquirían un relieve sobrecogedor. Así con sus dientes y cabellos negros parecía como si la oscuridad saliera de ellas.
Los colores que a los orientales les gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra, frente a los occidentales que prefieren los colores que condensen los rayos del sol.
El autor se pregunta por el por qué de estos gustos tan distintos.
Los orientales se conforman con su presente, no intentan cambiarlo, e incluso le sacan partido.  En la época en la que no había luz eléctrica desarrollaron todo un mundo en torno a la oscuridad, a la sombra, y le encontraron su belleza. Los occidentales buscan el progreso y una condición mejor que la del presente.
Para los orientales la piel blanca es más noble y bella. Ellos son amarillos frente a los occidentales que son más blancos. En la oscuridad mediante un juego de constrastes el rostro amarillo parece blanco. Las mujeres se afeitaban las cejas, se pintaban los labios azul-verdosos con reflejos nacarados, dientes lacados en negro. De esta manera su rostro era más blanco.
El autor habla de la iluminación exagerada de las ciudades (y esto lo dice en el año 1933), de los inconvenientes del alumbrado excesivo, como son el calor en verano, el no poder ver bien el cielo.
Dice que es lógico que los ancianos recuerden el pasado como mejor, porque el progreso acelerado no les permite sentirse cómodos.
El autor nos ofrece en el libro la receta del sushi.
Concluye afirmando que Japón está irreversiblemente encauzado en las vías de la cultura occidental.
A Tanizaki le gustaría resucitar en la literatura ese universo de sombras que se están disipando.

Un librito tan pequeño da gusto leerlo sosteniéndolo con las manos. Pero si alguno prefiere "ojearlo", o leerlo en la pantalla puede pinchar aquí

6 comentarios:

mateosantamarta dijo...

Parece muy interesante, A MI ME HUBIESE GUSTADO UN MUNDO DIVERSIFICADO, pero el imperio decidió por todos. Un abrazo.

Marta Benicá dijo...

Adorei o post. Bom fim de semana. Abraços.

Reyes R. Vicent dijo...

A propósito de este original y, a primera vista, extraño análisis de la luz y la sombra.

Viajando en tren y contemplando el variado paisaje desde la ventanilla, he experimentado la belleza del mismo en las primeras luces del amanecer, cuando los colores se diluyen en distintos tonos de gris y las formas van emergiendo poco a poco entre la bruma matinal que las envuelve. Ese mismo paisaje a plena luz del día tiene también su belleza pero pierde algo de misterio y el sugestivo encanto de las formas al amanecer.
Es una reflexión que me he hecho algunas veces.

Saludos y un abrazo, Ana.

Ana Leal Anguita dijo...

Gracias Mateosantamarta por tu comentario. Realmente es una pena que todo se esté generalizando, globalizando,.., que se pierdan otras formas de ver el mundo.
Un abrazo.

Ana Leal Anguita dijo...

Marta gracias por tu comentario. Buen fin de semana para ti.
Un abrazo.

Ana Leal Anguita dijo...

Reyes tu sabes apreciar la sensibilidad de los colores y su lenguaje porque trabajas con ellos.
El otro día le pregunté a un amigo que volvía de Madrid en autobus, ¿cómo está el paisaje? ¿ha comenzado la primavera en la Mancha? Y me contestó que no se había fijado.
¿?
Un abrazo.

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